Se llama Max, es de Sevilla, tiene cinco años y madera para convertirse en el nuevo Pancho.No hay más que ver cómo se mueve. Recibe en la puerta como un señor, saluda y se aparta para dejar pasar. Cuando huele el premio, tan pronto ladra como salta, camina a dos patas o bosteza. Sí, bosteza. Y aunque parezca mentira, esa habilidad es la que lo ha llevado este año a coprotagonizar el anuncio de la Lotería de Navidad.

Aunque efectivamente su desparpajo haya eclipsado, casi casi, a sus compañeros humanos, la presencia de un perro en la historia obedecía, más que nada, a una excusa. Max ejercía de Celestina involuntaria y, de paso, encontraba su propio final feliz.

Lo que los creadores del spot no sabían es que, en lo tocante a Max, el guión iba a ser un fiel reflejo de su vida. El podenco portugués -“muy mezclado”- apareció en una caja de cartón a la puerta de una protectora sevillana a los pocos días de nacer. Pasó allí sus primeros meses hasta que lo adoptó una familia… y lo devolvió. “No pudieron con él”, explica Ainhoa, “era un desastre de perro“. Ella misma lo vivió en carne propia al llevarse al cachorro a casa, hasta que un día cruzó la raya: “Tenía la mesa puesta para una comida familiar y cuando volví de abrir la puerta no quedaba nada, sólo Max dándose un festín”. Ahí empezó el entrenamiento, al principio casero, luego con Rafael Casado.

Pero a parte de todo esto, gracias a Max un niño llamado Nicolás al que le detectaron un tumor cerebral pudo recuperarse.

Nicolás, a sus 8 años, llevaba meses inmóvil tras complicarse su operación de un tumor en el cerebelo. Tras un intenso tratamiento médico, apareció Max, el can de su vecina Ainhoa, que lamió los dedos del niño untados en Nocilla estimulándolo de nuevo. Desde entonces su camino hacia la recuperación no ha cesado.

Nicolás consiguió después de tres meses en estado vegetal -debido al síndrome del cautiverio- mover el brazo gracias a Max. Desde entonces, la forma en la que niño y animal se miran nunca ha vuelto a ser igual.